Καλήμέρα σας σήμερα σκέφτηκα να αναρτήσω ένα όμορφο κείμενο του Gabriel García Márquez , αργότερα θα αναρτήσω και το ελληνικό κείμενο.
Sólo vine a hablar por teléfono ~~~Gabriel García Márquez~~
(Aracata, Colombia 1928—)
Una
tarde de lluvias primaverales, cuando viajaba sola hacia Barcelona conduciendo
un automóvil alquilado, María de la Luz Cervantes sufrió una avería en el
desierto de los Monegros. Era una mexicana de veintisiete años, bonita y seria,
que años antes había tenido un cierto nombre como actriz de variedades. Estaba
casada con un prestidigitador de salón, con quien iba a reunirse aquel día
después de visitar a unos parientes en Zaragoza. Al cabo de una hora de señas
desesperadas a los automóviles y camiones de carga que pasaban raudos en la
tormenta, el conductor de un autobús destartalado se compadeció de ella. Le
advirtió, eso sí, que no iba lejos.
—No importa— dijo María—. Lo único que necesito es un teléfono.
Era cierto, y sólo lo necesitaba para prevenir a su marido de que no llegaría antes de las siete de la noche. Parecía un pajarito ensopado, con un abrigo de estudiante y los zapatos de playa en abril, y estaba tan aturdida por el percance que olvidó llevarse las llaves del automóvil. Una mujer que viajaba junto al conductor, de aspecto militar pero de maneras dulces, le dio una toalla y una manta, y le hizo un sitio a su lado. Después de secarse a medias, María se sentó, se envolvió en la manta, y trató de encender un cigarrillo, pero los fósforos estaban mojados. La vecina de asiento le dio fuego y le pidió un cigarrillo de los pocos que quedaban secos. Mientras fumaban, María cedió a las ansias de desahogarse, y su voz resonó más que la lluvia y el traqueteo del autobús. La mujer la interrumpió con el índice en los labios.
—Están dormidas— murmuró.
María miró por encima del hombro, y vio que el autobús estaba ocupado por mujeres de edades inciertas y condiciones distintas, que dormían arropadas con mantas iguales a la suya. Contagiada de su placidez, María se enroscó en el asiento y se abandonó al rumor de la lluvia. Cuando despertó era de noche y el aguacero se había disuelto en un sereno helado. No tenía la menor idea de cuánto tiempo había dormido ni en qué lugar del mundo se encontraban. Su vecina de asiento tenía una actitud alerta.
—¿Dónde estamos?— le pregunto María.
—Hemos llegado— contestó la mujer.
—No importa— dijo María—. Lo único que necesito es un teléfono.
Era cierto, y sólo lo necesitaba para prevenir a su marido de que no llegaría antes de las siete de la noche. Parecía un pajarito ensopado, con un abrigo de estudiante y los zapatos de playa en abril, y estaba tan aturdida por el percance que olvidó llevarse las llaves del automóvil. Una mujer que viajaba junto al conductor, de aspecto militar pero de maneras dulces, le dio una toalla y una manta, y le hizo un sitio a su lado. Después de secarse a medias, María se sentó, se envolvió en la manta, y trató de encender un cigarrillo, pero los fósforos estaban mojados. La vecina de asiento le dio fuego y le pidió un cigarrillo de los pocos que quedaban secos. Mientras fumaban, María cedió a las ansias de desahogarse, y su voz resonó más que la lluvia y el traqueteo del autobús. La mujer la interrumpió con el índice en los labios.
—Están dormidas— murmuró.
María miró por encima del hombro, y vio que el autobús estaba ocupado por mujeres de edades inciertas y condiciones distintas, que dormían arropadas con mantas iguales a la suya. Contagiada de su placidez, María se enroscó en el asiento y se abandonó al rumor de la lluvia. Cuando despertó era de noche y el aguacero se había disuelto en un sereno helado. No tenía la menor idea de cuánto tiempo había dormido ni en qué lugar del mundo se encontraban. Su vecina de asiento tenía una actitud alerta.
—¿Dónde estamos?— le pregunto María.
—Hemos llegado— contestó la mujer.
